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domingo, junio 06, 2021

De nudos y navegaciones


Tengo un nudo.
tan grande y profundo
tan atado a mí
que no sé cómo desanudar

No puedo ponerle nombre
a eso que tengo en frente
no tengo palabras para hilar
eso que no puedo

El color del día
la errancia inmaterial
las ausencias de la conciencia
llueve sin agua
sin nubes
sin ley

Me espacio de mí misma
me miro de lejos
con la piel dada vuelta
con la carne al aire
con suturas que no cierran

Hay olvidos
hay creaciones
hay signos
hay sabores

El cuerpo pesa
los ojos también
es difícil dormir

                           /no quiero
                           /ni puedo

Ayer estaba tan afuera
y hoy, tan dentro
conmigo muy al fondo
muy por dentro
sin ganas de mucho
sin ganas de nada

Estoy navegando oleadas
en un barco de papel
que se está mojando
que se va a deshacer.


La noche en el centro de Santiago de Chile





sábado, julio 18, 2020

De crímenes y jueves


Era jueves aquél día que tuve que arrugar mi boca como si fuera un papel mal escrito, para poder arrojar a la basura todas aquellas palabras que quedaron por decir. Mis labios color de vino parecían cosidos con un hilo negro que me bordaba silencio, en lugar de una rabia que debió haber descosido toda moral. Supongo que la tristeza secreta puede tener ese efecto mortal, de callar lo incallable y de querer lo inquerible. Como de costumbre, navegué mis tristezas en un barco de papel. Me he vuelto experta en las artes del origami -y también de la navegación-. El mar negro, poco a poco, se convirtió en un mar rojo cuyas olas de pasión reventaron por mi boca, dejándola libre al fin. Las primeras palabras hicieron el trabajo grueso, esas que como cuerda que sujeta un flotador, permitieron sacar al muerto, que estaba ya podrido dentro hacía tiempo. Al sacarlo, salieron junto a su cuerpo descompuesto aquellas palabras viejas, que se asfixian por existir sin voz. Estaban pegadas en su pecho, en sus manos, en su rostro agusanado. Luego, las palabras de la segunda ola -que para el caso no representan ningún tipo de progresismo ni de nueva moda, sino la mera continuación de un proceso de remoción de escombros-, fueron agresivas e inmorales. Esas fueron como el vapor acumulado en los treinta minutos de cocción de las legumbres en olla marmicoc con una cucharada de bicarbonato y media de sal. Simplemente estallaron, tardíamente, pero con una fuerza definitoria y radical. Salieron feroces, con bolsas de plástico en mano, dispuestas a efectuar un crimen de asfixia que no dejase ningún tipo de rastro ni huellas. Lo primero que hicieron fue ahogar de CO2 a mis vestigios de moral y buenas costumbres. Hecho eso, todo tomó su curso: la rabia dejó de ser íntima, la narración terminó de sacar los restos podridos, el hilo negro cayó de mi boca, y luego la euforia y las lujurias me encaminaron hacia mis pasiones varias -otra vez. Anclé mi barco de papel en el muelle de un mar que ahora parecía una taza de leche. Me detuve a mirar el ocaso, y me adentré en la espesura del bosque, mientras sonreía al recordar que yo nací un día jueves.